Hay personas que son una piedra. No en el sentido de duras, que también, sino en el de estar siempre ahí, en el mismo lugar, en el sitio de las convicciones verdaderas. Estas bellas y acertadas palabras son las que dedicó mi querido y admirado director de cine Iñaki Arteta a la fallecida Ana María Vidal Abarca. Él, que ha llevado a la gran pantalla historias de las familias que ha destrozado ETA, o la falta de libertad de tantos vascos, o el 11M, conoce muy bien la lucha de esta valiente mujer y la fuerza y serenidad que transmitía. El 10 de enero de 1980, ETA dejó a Ana María, con 42 años, sola al frente de una familia de cuatro hijas. Su marido, Jesús Velasco, fue ametrallado delante de dos de sus hijas. Pudieron ver la cara de su asesino, “era una cara de rabia la que mató a mi padre”. Una rabia de la que Ana María jamás consintió que se contagiaran. Fundó, junto a Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Shea, la AVT en los años más difíciles e injustos para víctimas de un odio y una sinrazón que ni conocían. Y nadie les hacía caso, sin embargo su empuje y solidaridad sirvió de gran ayuda para cada una de las personas a las que fuimos alcanzadas por la barbarie terrorista. Un cáncer se la llevó y en su misa de despedida no cabía un alfiler. Hasta desde la calle despidieron personas de toda España a un gran referente. Siempre en el sitio de las convicciones verdaderas.

Último adiós

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