Recuerdo con cristalina claridad aquel verano de 1993 en el que Leila vivió en nuestra casa. Tenía dos años más que mi hermana y ambas tratamos de integrarla con nuestros amigos y en nuestras actividades. No entendía su gesto serio pese a lo joven que era, su mirada huidiza, sus reacciones alejadas de las que correspondía a su edad. Era de Bosnia. Refugiada. No fue hasta que leí la escalofriante novela de la admirada periodista y escritora Reyes Monforte “La rosa escondida”, cuando pude entender su extraño proceder. La extrema violencia, la pérdida de los suyos, las mafias, el odio racial que sufre su protagonista me estremeció. Narrados ciertas escenas de una forma tan cruenta, comprendí lo que pudo haber visto y vivido nuestra querida Leila. Hoy, la alegría de saber que es una feliz madre de familia ayuda a mitigar, al menos sobrellevar, el dolor de una guerra. Pero es otra novela, casualmente también de Reyes Monforte, “La infiel”, la que nos muestra otra realidad dramática y desafortunadamente de dolorosa actualidad: el drama de muchas mujeres captadas por el islamismo radical para sus acciones terroristas y las peligrosas redes yihadistas. Una amenaza mundial que nos recuerda que la tragedia humanitaria ya no se concentra solo en Oriente Próximo. La red de ciudades-refugio en España nos reconforta –la abogacía española dice que los países que no ayuden a los refugiados podrían cometer un crimen internacional-, pero lo haría más aún el esfuerzo mundial para que cada gobierno garantizase la seguridad de sus ciudadanos y que no tengan que salir huyendo.

Salir huyendo

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