Cualquier agresión sexual es repulsiva, vil, criminal, y mil cosas más que se agolpan en mi mente pero que prefiero no pronunciar por no seguir envenenando nuestra existencia, conmocionada y sobrecogida desde que salió a la luz esta noticia, protagonizada por una conducta que se puede calificar de cualquier forma menos de humana. La salvaje embestida sexual sufrida por la pequeña Olivia, de seis años, en Lucena, Córdoba, por parte de su propio padre, y tras la cual casi se desangra en su propia cama, nos deja el alma helada, lágrimas en los ojos y esos traidores deseos de venganza que hemos de reprimir para no bajar al nivel del despojo humano que es capaz de hacer algo así. Siempre he pensado que, como decía Gandhi: “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”, pero cuesta sujetar el voraz hambre de justicia que intuye que no podrá saciarse solo con los años de cárcel de los que este vez, esperamos que no se libre. Su hermana dio la pista definitiva: “Sospecho que mi hermano ha podido agredir sexualmente de la pobre cría. Yo fui víctima suya… Las dos veces me tuvieron que curar en el hospital. También le hizo lo mismo a una prima. Le condenaron a 24 años de prisión, pero sólo cumplió 12. Lleva siete en libertad”. Cinco hijos tuvieron Santiago e Isabel, de quien también abusó, incluso delante de los críos que ya están en mejores manos, y presa también por encubridora. Olivia necesita protección sincera. Ojala una vida nueva le haga olvidar lo que jamás tuvo que vivir.

Olivia

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