Agradezco enormemente el cariño y los miles de mensajes de apoyo a raíz de los chistes de la polémica del concejal de cultura que se ha visto obligado a cesar su cargo, aunque no piensa dejar su acta de concejal. Sin embargo, con toda sinceridad, tengo que decir que jamás me sentí ofendida ni aludida por esos chistes que me consta que han hecho más daño a la dignidad de todo el país, que a los propios protagonistas. Lo que de verdad me duele en el alma son los insultos, amenazas que están sufriendo los propios políticos que, sin haber empezado apenas su labor, son ultrajados de una forma tan antihumanitaria, injusta e incluso demente, como: “te mereces la guillotina y la horca”. Si resulta que ese cambio que tenía generar ilusión, nuevos horizontes… lo que despierta es el odio, me temo que eso sí ha de preocuparnos. Todas esas críticas destructivas, exaltaciones de la ira y el rencor, sí que son denunciables, condenables y creo que todos tenemos que defender en bloque, como han hecho conmigo, a quienes han sido objeto de amenazas que nos hielan la sangre por su vileza, simplemente por el mero hecho de pertenecer a un partido político. Pero los chistes, francamente, son solo eso, chistes con los que uno se puede reír o no. Y hay que tener presente que no hace daño el que quiere sino el que puede. Lo que me hace sentir francamente satisfecha de toda esta polémica, es el cariño que, estoy completamente segura, es mucho más fuerte que el odio.

Cuando la conocí en persona escribí un texto en el que hablaba de lo mucho que me había conmovido su generosidad. A día de hoy sigo sin comprender cómo se puede transformar tanto dolor en una vida tan plena. Sigo sin comprender cómo durante todos estos años nunca la hemos escuchado decir ni una sola palabra en negativo, ni una sola expresión de tono alto. Tenía todo el derecho. Y nadie lo cuestionaría. Pero ese momento aún no ha llegado. Reconozco que no estoy capacitada para ponerme en su piel. Es imposible saber cómo han sido sus noches y sus días desde aquella mañana en la que ETA casi acaba con su vida y con la de su madre. Tenía 12 años. 12. Irene Villa ha vuelto a dar este semana una lección de sensatez. Estos días ha vuelto a convertirse en noticia de manera involuntaria por los tweets del concejal de Ahora Madrid, Guillermo Zapata, y porque el juez Santiago Pedraz le cita como imputado y a ella como testigo en esta causa. Y no le gusta nada estar en medio de este lío. Irene no va a la confrontación con nadie. Ni siquiera con quienes más daño le han hecho. Durante estas semanas ha intentado quitar trascendencia al asunto. «Si hay que imputar a toda la gente que cuenta chistes de este tipo habría una cola enorme», decía hace unos días cuando le preguntaron por la polémica. Mi última conversación con ella gira en torno a eso. Hablamos de lo que hará el día 7 ante el juez, asunto que ya comunicará ella misma. Está sorprendida y desbordada con la dimensión que ha cogido el tema. Cuando cuelgo el teléfono pienso que no se merece tener más presión. No se merece ser ella la encargada de apagar el ruido que han generado otros. Ya ha dejado claro que a ella no le han molestado nunca esos chistes pero siempre añade que entiende que otra gente se pueda sentir ofendida. Su discurso sensato deja entrever claramente algo que muchos pensamos, que todas las víctimas son iguales y que todas merecen el mismo respeto. Por eso también hoy recuerdo la misma generosidad de Eduardo Madina cuando ha sido insultado en discursos políticos («el cojito de ETA», le llamó un dirigente del PP de Canarias) o en twitter por su condición de víctima. Cuando eso ha ocurrido no se han abierto informativos ni los partidos responsables han pedido dimisiones. Tampoco hay nadie imputado. Exijamos respeto. Pero o con todos o con ninguno. Antes de colgar la llamada con Irene, de fondo se escucha a sus hijos, los pequeños Carlos y Pablo. Y se nota que Irene está deseando volver a sumergirse en ese bello sonido. Alejarse del ruido. Que la dejen en paz. Se lo ha ganado, como otras víctimas, hace mucho tiempo.

Más fuerte que el odio

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