2005 LA OPERACIÓN QUE CAMBIÓ MI VIDA I

Después del último examen de Humanidades, mi tercera licenciatura, decidí irme un tiempo sola a Londres a practicar inglés. Lo que no sabía es que eso fuera vital para la siguiente aventura que me esperaba: la oseointegración.

Gracias a un entrañable, intrépido y admirable navarro llamado Eugenio, mi ejemplo, mi guía, supe que en Suecia te incrustaban un tornillo de titanio en el fémur, en el que poder anclar la prótesis, y olvidarte así del molesto encaje. Desde el primer instante supe que aquella iba a ser la solución a mis heridas. Iba a ser un camino largo, quizá más dolor, pero el resultado valdría la pena. El paso de nuevo por el quirófano y la cama de hospital estaría sobradamente compensado con años de largos paseos, infinidad de horas sin molestias y una calidad de vida que no había podido disfrutar desde la adolescencia.

El médico sueco que me operó me confesó que en la primera prueba para ver si te seleccionan para recibir el implante, no solo estudiaban la calidad y grosor del hueso como yo pensaba, sino que veían si la persona iba a ser capaz de soportar las dos cirugías fundamentales y todo el proceso de adaptación. Cada vez estoy más convencida de que lo más importante fueron, como siempre, las ganas y la actitud.

«SURGERY ONE»

Hicimos Madrid-Gotemburgo en menos de cinco horas, todo un récord teniendo en cuenta la escala de Copenhague. Además, encontramos un taxi sin tener que cruzar esa acera congelada en la que se resbalaban todos, como si la experiencia anterior no sirviera para el siguiente. El viaje hasta el hotel fue precioso. Los verdes parajes suecos que había conocido hacía apenas dos meses se habían tornado blancos. La ciudad estaba completamente iluminada. Miles de lucecitas rodeaban las atracciones del Liceberg y el árbol más llamativo estaba repleto de esas encantadoras miniluces.

A la mañana siguiente tuve que demostrar lo que en catorce años había aprendido a hacer sobre dos piernas artificiales. La fisioterapeuta se sorprendió al comprobar que mis marcas eran las de un amputado de una sola pierna. Le dije que llevaba muchos años y, sobre todo, mucho trote. Antes de ofrecerse amablemente a trasladarnos al hospital, nos dijo que si queríamos ver a un recién oseointegrado, danés, que se encontraba en la sala contigua. «Of course!», dije de inmediato. Me quedé impresionada desde el momento en que le vi. El danés tenía un tornillo perfectamente

integrado en su muslo. Sin herida, sin cicatrices. Como si le hubiera crecido mágicamente una pieza de titanio de su muñón.

Aquel 28 de noviembre de 2005, me acosté pensando en los preciosos copos de nieve que caían tras la ventana, para distraerme. Quedaban horas para abrirme el muñón, vaciarme el fémur y colocarme dentro de él un tubo de titanio. Hizo falta hueso de mi cadera para poder llevar a cabo la operación. Solo recuerdo el momento en que me dieron la vuelta para ponerme la epidural.

Cuando me desperté, el único movimiento permitido en las siguientes veinte horas en aquella sala llamada «de recuperación» era el pestañeo de mis ojos. Tenía tubos por todas partes. También tenía el medidor de tensión perennemente en mi brazo y una máquina que me iba administrando la cantidad justa de anestesia en la médula espinal según los parámetros introducidos.

En esas condiciones, y con la modorra de un cuerpo que ha sido albergue de gran cantidad de anestesia, solo me quedaba dormir. Una dulce enfermera de inmensos ojos azules me dio por primera vez agua, a beber con una pajita. ¡Qué alivio! Era justo lo que necesitaba. Y creía que lo único, pero después vino con otro regalito quizá aún más valioso: una radio con forma de almohada pequeña que me permitió escuchar baladas de Celine Dione, Withney Houston, Mariah Carey, la película Grease… y entre dulces canciones, fui de nuevo alcanzando ese estado de letargo que aceleraría el molesto postoperatorio.

De pronto, entre sueños, apareció la preciosa cara de mi madre. Por lo visto, había estado un buen rato preguntando por mí. Con su ropita de colores, su pelo naranja luminoso y sus ojos de preocupación, había ido preguntando como podía a todo aquel que llevaba una bata blanca la manera de poder estar un minuto a mi lado. Con su dedo índice sobre el ojo, preguntaba que si podía verme a médicos, enfermeras, auxiliares…. Y como el que la sigue la consigue, allí estaba mi tierna madre frente a mí, sosteniendo mi mano en los momentos más duros del proceso. Había podido tocarme, preguntarme, verme. Ya podría descansar. Cuando me subían a planta, el vaivén de la cama por los pasillos del Hospital Sahlgrenska favoreció la espontánea expulsión, vía oral, de la anestesia que no había terminado de desalojar por vías más apropiadas.

Afortunadamente, todo salió mejor de lo esperado y ya en Madrid, con mi prótesis de siempre hasta que pudieran ponerme la otra parte del tornillo, seguí entrenando la modalidad que más practicaba por aquella época: esgrima en silla de ruedas. Participé en los Campeonatos de España de 2006 que se celebraron en Asturias. Quedé subcampeona en espada. Todo un estímulo en mi reciente vuelta a las competiciones. Pero poco descubrí que había algo que, además de hacer ejercicio, implicaba conocer preciosas montañas nevadas y viajes inolvidables. El esquí adaptado fue primero un reto –estaba todo el día en el suelo- que terminó por convertirse en mi gran pasión.

2006 LA OPERACIÓN QUE CAMBIÓ MI VIDA II: «EL DIARIO MÁS TRISTE DE MI VIDA»

Una vez que se hubieron cumplido los seis meses desde que me implantaran aquella pieza de titanio en mi pequeño y frágil fémur, viajé de nuevo a Suecia para someterme a la segunda operación y decir adiós al molesto encaje. Pero también para vivir una de las experiencias más duras e inesperadas de mi vida.

Recuerdo con absoluta claridad el momento en que me quité la pierna izquierda por última vez. Me despedí de mi encaje con el alma llena. Empezaba este diario, quizá el más duro, pero necesario para no olvidar esa desolación que la mente borra y valorar lo afortunados que somos cuando estamos sanos. Junio de 2006 iba a ser el primer mes de junio de mi vida sin exámenes. El primer junio en diez años libre de agobios, malestares, noches sin dormir… o eso creía.

02/06/2006 «Salgo del letargo»

Comienzo a ser consciente de lo que pasa a mi alrededor tras días completamente sedada y sin fuerzas ni siquiera para preguntar cómo ha ido todo. El médico del equipo de Branemark se dispone a destapar la obra de arte en la que participó hace tan solo tres días. Sonríe cuando descubre la última gasa, dice: «Tiene un aspecto magnífico», pero no creo que mi cara reflejara la misma satisfacción que la suya.

El muñón ha quedado aún más pequeño tras la reamputación y de él sale ahora un tornillo que puedo mover girando el fémur. ¡Qué sensación más extraña! Me pregunto cómo podré ahora mover la pesada prótesis. Me tranquilizan: «Lo importante es el hueso reforzado con titanio». Pero no han tirado todo el «colgajo» sobrante, sino que han hecho una auténtica labor de reconstrucción y colocación de músculos y tendones.

03/06/2006 «Agradezco la compañia»

Por primera vez desde que llegamos a Gotemburgo nos libramos del madrugón. Los fines de semana los médicos no pasan visita. La jornada transcurre entretenida en torno a la pantalla del ordenador. Por la tarde viene Isabel, una auxiliar caboverdiana que habla castellano. La conocimos en la primera intervención y nos hicimos muy amigas en anteriores visitas a Suecia. También de su sueco y rubio novio. Él no habla español, pero me encanta verle charlar con mi madre como si comprendiese todo lo que dice. Sus conversaciones son de lo más cómico y lo curioso es que, una hablando español y otro sueco, ambos aseguran entenderse perfectamente.

04/06/2006 «Felicidades, mamá»

¡Felicidades, mami! Es su cumple. Este año lo celebramos en el hospital las dos solas, pero su teléfono y el mío no han parado de sonar. Por el cumpleaños y porque mucha gente ha leído un artículo que publicaba la cirugía a la que me he sometido. Todo el mundo me manda su solidaridad y cariño.

Mi madre indica que el bote de suero conectado a mi mano derecha lleva tiempo sin dejar caer una gota. La enfermera confirma que el conducto está obstruido. «Una pompita —explica— dentro de tu vena.» Se hace difícil encontrar otra vena donde conectar la vía. Todas son demasiado delgadas. «Me salgo porque me está doliendo a mí más que a ti», dice mi madre. Yo la retengo: «No te vayas, verás como este es el último intento». Misión cumplida. El suero entra de nuevo en mi cuerpo a través del antebrazo. Llaman sigilosamente a la puerta. ¡Felicidades! Es Isabel con un ramo de raras flores naranjas para mi madre. Preciosas.

05/06/2006 «Bendita anestesia»

Fuera sonda y fuera epidural. Eso es que las molestias van menguando y pronto me enviarán a casa, pienso. En lugar de la anestesia, me dan pastillas de morfina. Aun así comienzo a sentir un constante y molestísimo dolor en el pedazo de pierna. Como un

desgarro muscular. Ningún painkiller (sedante en inglés) puede con las molestias. Al llegar la noche —en el reloj, porque a estas alturas del año el cielo sueco sigue iluminado a las once de la noche— el malestar se multiplica. Una inyección de morfina me permite conciliar el sueño tres horas seguidas. Después, otra. Y otra. Intento aguantar y dejar poco a poco la morfina porque no me darán el alta mientras siga inyectándomela, pero no puedo. Hasta ahora no he sabido de lo que me estaba librando la epidural… Bendita anestesia.

06/06/2006 «Más morfina»

Hoy es el día nacional de Suecia, pero desde luego no el mío. Hay banderitas azules y amarillas en los postres de todos los enfermos del Hospital Sahlgrenska. Ayer me dijeron que todo iba bien y que me darían el alta el jueves, pero me han tenido que volver a pinchar morfina. No aguantaba más. La visita de Isabel, que cada día me alegra con su vitalidad y su gracia, es más corta de lo normal. Sabe que no estoy para nadie. Me dejan sola. He llamado a Eugenio, quien me animó a dar este paso decisivo. Nunca le agradeceré lo suficiente todo lo que me ha ayudado. Sus palabras siempre me dan aliento. No entiende por qué tanto dolor. Él no lo tuvo. La música me ayuda a dormir.

07/06/2006 «No puedo ni escribir»

Me han retirado el drenaje. Viene a hacerme la cura un médico que trae malas noticias. No le gusta un punto rojo que ha detectado alrededor del tornillo de titanio. Me aterra que mencione la palabra «infección» porque ello podría suponer la reamputación. Coge una muestra del tejido sospechoso y se la lleva para analizarla. El viaje de regreso a España queda suspendido. Sé que el sufrimiento físico, por suerte, se olvida rápido y a lo mejor me equivoco, pero creo que nunca había sentido uno tan intenso como el de hoy. Apenas puedo escribir. Me mareo. Voy a vomitar.

08/06/2006 «Grito de alegría»

Después de una terrible noche de molestias e inyecciones cuyos efectos duran cada vez menos, intento desayunar para echarlo todo diez minutos después. Otro día que promete ser interminable y doloroso. Consigo dormir algo. Viene el médico de ayer pero con un gesto más tranquilizador. El análisis ha dado negativo, el punto rojo que le preocupaba remite. «Si todo sigue bien, el lunes vuelves a España», dice. Grito sin poder contenerme. Esta vez de alegría. Aunque el día haya comenzado mal, creo que por fin ha llegado el inicio de mi recuperación. Hacia atrás ni para tomar impulso.

09/06/2006 «Otro día difícil»

Cuando pensaba que ya había pasado lo peor, se despierta una nueva dolencia. Recorre toda la espalda y acaba en mi pierna izquierda. Dicen que es el nervio ciático y que me molesta porque he estado mucho tiempo tumbada. De nuevo el efecto de las pastillas de morfina es insuficiente. Y de nuevo viene mi salvación: Elin, la enfermera más dulce de la planta, es la que mejor me comprende. Mi amiga sueca llega con la inyección en la mano dispuesta a liberarme de esa constante punzada. Respiro tranquila. Elena, la enfermera chilena en prácticas, me ha traído más películas. «Para que se te olvide el dolor», dice. Son todas un amor. Termina otro día muy difícil.

10/06/2006 «Adiós España»

Otra noche más en que las insoportables molestias me han hecho tener que recurrir a esas inyecciones que, como dijo mi médico, si seguían en mi pauta no me permitirían volver a casa. Por eso cada vez que viene la enfermera con la inyección en la mano tengo sentimientos encontrados. Por un lado pienso que es mi salvación, pero por otro creo que me alejo con ella de mi vuelta a España.

Empiezo a recibir mensajes de texto en mi móvil. «Desde aquí te mandamos todos nuestra fuerza para que te recuperes.» «Te echamos de menos, estás en mi corazón y en el de un millón de personas que deseamos que no te duela y que vuelvas pronto.» Con estas palabras ¿cómo me voy a rendir? No dejaré de luchar ni un momento contra ese malestar. Hay mucha gente que espera que mejore y vuelva a casa. No les puedo defraudar. Sin embargo, cuesta mantener el tipo. Solo pido que mañana las molestias sean más livianas, estoy empezando a no ser tan «brave» como todos dicen. Esta vez el dolor ha superado mi umbral de aguante.

11/06/2006 «Paso atrás»

De nuevo una noche difícil. Tanto que, aunque al principio me negaba, me han tenido que volver a pinchar. Esto me llena de tristeza porque cada vez veo más lejos mi completa recuperación. Sé que me han movido muchas cosas ahí dentro y hasta que se coloquen definitivamente no dejarán de molestar. Pero me preocupa ver que cada día no es mucho mejor que el anterior, como ocurrió en mi primera intervención. Esta vez, solo cuando duermo puedo olvidarme de dónde estoy y de lo que me está pasando. Solo en sueños encuentro paz y la tranquilidad que desde que me desconectaron de la epidural no consigo despierta.

Resulta que la operación que en principio duraba dos horas se alargó cuatro más. Tuvieron que recolocar músculos atrofiados y ni los calmantes más potentes son capaces de calmar esta sensación de desgarro muscular, calambres, espasmos e incluso malestar en el fémur. Afortunadamente, tengo la ayuda insustituible e inmejorable de mi madre, que no se separa de mí ni un instante. Pero estos últimos días la he visto sufrir y no lo soporto. Ya ha pasado mucho por mí. No se lo merece. Por eso intento mostrarme mejor de lo que estoy. Pero a veces es imposible fingir que me encuentro bien. Mi cara me delata.

12/06/2006 «Nueva terapia»

Me despierta un latigazo desde el fémur izquierdo que recorre todo mi cuerpo. Mi madre insiste en que vuelvan a inyectarme esa sustancia que me deja completamente sedada pero yo, muerta del dolor, digo que tengo que aguantar para que me dejen ir a casa.

Quedan aún tres horas para que el médico aparezca y nos dé su veredicto. A la enfermera solo le hizo falta verme la cara para volver a los dos minutos con la dichosa inyección. Por fin empiezo a respirar con normalidad.

El médico viene a cambiarme el vendaje y a darme la buena nueva. Estoy deseando escucharle. «No está mal, volveré a verlo el jueves». ¿El jueves? ¡Son muchas horas aquí de nuevo!, ¡y con este dolor! Le pregunto hasta cuándo sufriré estas terribles dolencias musculares. «Probablemente dos días más —me dice—, pero puedes usar todas las inyecciones que te sean necesarias.» No quiero morfina, ¡quiero curarme! La buena noticia es que puedo empezar a ponerme mi pierna derecha y dar paseos por la planta con el andador. La otra buena noticia es el mensaje que he recibido de mi hermana: «Hermanita, eres la persona más valiente de este mundo, pronto se pasará este duro momento y serás aún más feliz de lo que eras antes. Te admiro y te quiero mogollón».

Nunca podré agradecer lo suficiente su apoyo a todos esos amigos y familiares que, a pesar de estar a miles de kilómetros, siento como si estuvieran aquí. «Ánimo, que cuando tengas tu superpati te reirás de estos días», me mandan fuerzas desde España, Argentina, India (siete años después sigo en contacto con la familia de Lalit). Una de las Vikingas me dice: «Anímate, que ya queda menos. Yo hago como cuando éramos peques, pienso en ti para quitarte un poco de sufrimiento». Me emociono. Ese mensaje trae a mi mente emociones olvidadas. Los meses del Hospital Gómez Ulla. El doctor Rubio. Las enfermeras Cuca, Esther, el fisio Juan… Este trance es muy parecido, pero sin tantas visitas. Y creo que con menos fuerzas. No puedo contener los enormes lagrimones que recorren veloces mis mejillas sin previo aviso. Han pasado quince años y de nuevo lloro en la cama de un hospital. Esta vez la decisión ha sido mía. Pero también esta vez saldré adelante.

Por la tarde empecé la terapia de electroestimulación en los músculos de la parte baja de la espalda y el glúteo izquierdo. Creen que la molestia, que se asemejaba a un pinzamiento del nervio ciático, se debe a la inflamación de los músculos. El médico me ha reconocido que la parte del nervio que suele dar problemas, la han extirpado. No sé si es por los TENS, pero ha sido la primera tarde entretenida de las catorce que llevo ingresada. Me he librado de los agudos y perennes malestares y de los mareos que produce la morfina. Para un día que las molestias son livianas, prefiero no recurrir a la química.

13/06/2006 «Morir para renacer»

5 a. m. Me despierto con tal dolor que no sé ni quién soy ni por qué siento ese terrible malestar. Cuando por fin me ubico, lamento mi decisión del día anterior, necesito calmantes de verdad, no el placebo que decía mi padre que me daban cuando era niña y se había acabado la pauta. He hablado con él y le he dicho que estoy bien. Mentira piadosa. Pero no quiero contarle nada aún porque ya sufrió bastante. Cuando cuelgo, pienso que ha sido una suerte que me operaran en Suecia. Así toda la gente que me quiere no comparte el sufrimiento que aquí estamos pasando.

Apenas puedo comer. Hace días que no tengo apetito. Pero intento engullir algo antes de vaciar en mi estómago el vasito que me traen tres veces al día repleto de pastillas. Siento punzadas en gran parte de mi cuerpo y un intenso malestar constante desde la espalda hasta mi pierna izquierda. No sé qué aspecto tendré por fuera, apenas puedo mirarme sin tener los ojos empapados en lágrimas. La cara de mi madre refleja un sufrimiento que asusta. Son ya muchos días y mi estado, en lugar de mejorar, parece que empeora. Ella no puede más y al ver en el pasillo a uno de los médicos del equipo de Branemark, se lanza hacia él y le pide unos minutos.

Lo que el médico dice es que se han activado los receptores del dolor y quizá tarden semanas, incluso meses en calmarse. Pero ¿por qué? Por lo visto, se ha sumado el hecho de que son ya tres veces las que se ha abierto el muñón, y el cerebro tiene memoria. El médico se va y nos quedamos las dos con la misma cara triste y angustiada de antes. Solo nos queda esperar un milagro que haga desaparecer ese dolor que me acaban de decir que puede durar meses. Necesito desahogarme, y lo hago una vez más, con mi madre: «He tenido que ser muy mala en mi vida anterior». Tanto padecimiento es consecuencia de algo. Es algo que aprendí en la India. Las reencarnaciones son las vidas que tienes que pasar pagando los perjuicios que has causado en vidas anteriores. Después pienso que esta teoría no es justa. Y me quedo con otra cosa que también aprendí en el país de la espiritualidad y las especies: en la India se muere para renacer.

Casualmente, a los pocos minutos de este pensamiento esperanzador, aparece el pastor de la iglesia evangélica que frecuenta Isabel. Ella ha enviado al pastor Nelson porque cree mucho en Dios y está convencida de que este hombre puede ayudarme. Comienza con unas oraciones. Es brasileño pero habla un español perfecto. Dice que no sabía hablarlo, pero que Dios le ayuda a que salga de forma fluida cualquier idioma. Me cuesta creerlo.

Cuando dice que Dios está conmigo, que me va a ayudar, que sacará todo ese malestar, que seré una mujer muy feliz y caminaré por todas partes, comienzan a salir de mis ojos más lágrimas sin cesar. Es una experiencia única. Mi rostro, sereno, no se desfigura, pero el torrente de agua salada que brota desde mis lagrimales es constante e imparable.

Un nuevo acontecimiento místico hace que vuelva a sentirme afortunada. Para finalizar me bendice poniendo en mi frente su dedo impregnado de un aceite que trae en su maleta. Dice cosas bonitas acerca de nosotras, de nuestro futuro, de nuestra mejoría. Vuelvo a emocionarme. Vuelven a brotar lágrimas con una fuerza invencible. Ojalá se cumplan todos sus buenos deseos para nosotras. Mi madre se lo merece. Este amable pastor me ha llenado de paz, me ha traído esperanza. Es como si con todas esas lágrimas derramadas se hubieran ido las molestias y todos esos pensamientos tormentosos.

Se despide. Antes me invita a leer el salmo 23 y el 91 de la Biblia. Ahora entiendo con mucha más certeza y claridad la fuerza de la fe. No sé si será sugestión, o realmente Dios me ha mirado. Pero tras este episodio espiritual me siento mucho más fuerte. Siento incluso que la intensidad del dolor mengua considerablemente. Mi madre sonríe como hacía días que no lo hacía. Creo que al dolor le quedan los días contados.

15/06/2006 «¡Adiós, Gotemburgo!»

¡Que nos vamos a España! El médico ha venido a cambiarme el vendaje a primera hora de la mañana. ¡La herida está completamente seca!, ¡podemos volver a casa! La alegría es tal que el médico sonríe. Es un dato relevante, ya que es la primera vez que le veo haciéndolo. ¿Habrá tenido mucho que ver en esto Nelson? Está claro que la fe y el amor curan. Vamos a hacer las maletas. Volvemos a casa.

16/06/2006 «Una actriz de cine»

Me levanto con una alegría que había olvidado. Una energía que ya casi desconocía me impulsa a incorporarme con rapidez y agilidad. Me siento en la silla de ruedas de un salto y voy directa al baño para salir al cabo de largos minutos cuidadosamente peinada y, por primera vez en dieciocho días, con los ojos discretamente maquillados y los labios brillantes. También he decidido marcar mis pómulos, mi aspecto nada tiene que ver con el de días atrás. Me consta que el cambio no le pasa desapercibido a nadie porque hasta la chica que todos los días limpia la habitación me dice: «Pareces una actriz de cine».

Viene el médico para recordarme por última vez la pauta de todos los medicamentos que tengo que seguir tomando durante dos semanas más. Sé que también se alegra del cambio que mi cuerpo, y sobre todo mi mente, han dado. Un cambio que, inevitablemente, se refleja por fuera. Decididamente, la fe mueve montañas. Viene también Anders a despedirse.

«SIEMPRE AMANECE»

Casi dos meses de duros ejercicios con mi «amado tornillo» hacen que mi cuerpo se encuentre completamente en forma para ir «a la pata coja» a todas partes. Todas las mañanas, las dedico al fortalecimiento de ese pedacito de pierna que empieza a prometer gran utilidad. La clave está en ir incrementando paulatinamente la carga sobre una especie de prótesis corta. Cada vez me siento más capaz y más llena de energía para comenzar mi nueva andadura.

¡Imposible olvidar la fecha en que me colocaron la nueva pierna! La podía dirigir donde quería. Era capaz de moverla naturalmente y con la mitad de esfuerzo. Las cosas que deseas, hay que visualizarlas y atraerlas con pensamientos positivos, que son mil veces más potentes que los negativos, y así ¡se acaban cumpliendo! Ahora lo tengo cien por cien comprobado. Gracias a evitar que la pereza rompiera en mil pedazos la tabla de ejercicios, hoy puedo andar erguida y sin cansarme durante horas. Como pensaba en el hospital: tanto dolor tiene que traer una grandísima recompensa. Así ha sido.

La operación que cambió mi vida

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